17 de septiembre de 2011

Cuaderno de Filipinas, junio-julio de 2011




Filipinas nos parece algo lejano y carente del exotismo de China, Japón, Indonesia o Vietnam. Algo que suena a un pasado remoto, a muchachas del servicio doméstico, a “la Preysler” −la filipina por antonomasia− y al título enmohecido de una vieja película: “Los últimos de Filipinas”. Pero, como nos recuerda esa película, estas islas pertenecieron durante casi 350 años a la corona española, haciendo que en el imperio del rey que les dio nombre no se pusiera el sol. Años de ir y venir del famoso Galeón de Manila entre esta ciudad y el puerto de Acapulco, llevando los apreciados mantones de Manila y regresando con pesos mexicanos que terminaron dando nombre a la moneda local. Cuando los vientos de libertad empezaron a soplar, al renqueante imperio español sólo se le ocurrió liarse a fusilar curas, y así prendió definitivamente la llama de la independencia. En 1898, perdida también Cuba, se apagaron las últimas luces de aquel imperio. 

El catolicismo, abrazado a veces hasta el paroxismo por la gran mayoría de la población, es parte viva de esa huella española que hace de Filipinas la más latina de las tierras de Oriente. 


Viajé a Filipinas invitado por la Agencia de Cooperación Española (AECID). Vicente Sellés, su director, me insistió: “Tienes que venir a Filipinas, pero no solo por motivos históricos o porque el país valga la pena, sino porque es mucho lo que a día de hoy está haciendo España en Filipinas y poca gente lo sabe.”

El trabajo ha sido publicado en noviembre de 2011 en el diario noruego Aftenposten. Y en junio de 2012 en la revista española Siete Leguas.